El Templo de las Estrellas

Que mi oración sea como incienso para ti, mis manos alzadas, como ofrenda de la tarde” (Salmo 141, 2)

Así como el humo del incienso sube hacia lo más alto de las naves del templo, así también las oraciones de los peregrinos se alzan hacia el corazón de Dios. Y así como el aroma del incienso perfuma toda la basílica compostelana, de igual modo el cristiano, con el testimonio de su vida, impregna del buen olor de Cristo, el entorno en el que vive.

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Una Iglesia que sirve

La Iglesia tiene como misión servir. Es Iglesia diaconal. Recordemos la función de los diáconos en el libro de los Hechos de los Apóstoles:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: “No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra”. Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármena y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.” (Hch 6, 1–6).

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9. En mi debilidad

Tema publicado con la autorización de Brotes de Olivo

La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas hasta que dejas de  controlar y fluyes como un río … te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias hasta que  pierdes el miedo y recobras tu fe.” (Berth Hellinger)

Con las limitaciones del camino aparecen las sombras, aquello en lo que nos volvemos difíciles para nosotros mismos y los demás. Asoman también nuestras mayores debilidades y el enfado contra todo y contra todos cuando la realidad deja de ser amable. Y permitimos que nos crezca dentro todo aquello que vuelve la vida más triste; lo que hiere y no nos permite vivir de veras, impidiéndonos ser la mejor persona que podemos llegar a ser.

Y es que hemos puesto todo el acento en nuestros esfuerzos y, desde nuestra arrogancia, invitamos a Dios a que los contemple. Pero el esfuerzo tiene que ser otro: tenemos que ser espectadores de la obra de Dios en nuestra vida, dejarle SER QUIEN ES en nosotros y escuchar en lo íntimo aquéllo de “Te basta mi GRACIA”.

Y acoger el único empeño fértil posible: el de la CONFIANZA.

Y me contestó: Te basta mi Gracia; la fuerza se realiza en la debilidad … Por eso estoy contento con las debilidades … pues cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2Co 12)

Susana Melero Leal

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