San Blas, palabra y silencio

La celebración de la fiesta de San Blas en Carrión de los Condes se desarrolla en el monasterio de Santa Clara. El día 3 de Febrero la Comunidad de las Clarisas convoca a los carrioneses que quieran acercarse al monasterio y renovar la devoción al obispo francés San Blas.

A la celebración de la eucaristía le sigue el momento de «Besar las Reliquias» del santo patrón que protege de los males de la garganta. Sus reliquias se recogen en un viril plano que el sacerdote da a besar y en un rollo que pasa por la garganta.

Tras esos momentos de oración, se sale fuera del templo y comienza la parte festiva del acto y que se denomina «Rodar la Naranja». Este acto se realiza actualmente en el suelo empedrado delante de la iglesia pero fuera de la valla.

Una vez rodada la naranja se merienda dicha fruta y/o se pasa a la tienda del Convento para adquirir los hojaldres que llevan el nombre y la forma de «Cuellos de San Blas».

Ojalá que San Blas nos enseñe no solo a cuidar nuestra garganta, sino también nuestras palabras, lo que decimos, para que realmente lo dicho sea más hermoso que el silencio.

Fernando Cordero Morales, ss.cc.

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23. Adelante y hacia atrás

Tema publicado con la autorización de «Susana Melero»

Pedro se acercó y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga, hasta siete veces? Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». (Mateo 18, 21-22)

Leí en una ocasión que los seres humanos, al igual que los cuerpos celestes, describimos órbitas elípticas en nuestras relaciones, con momentos de máxima cercanía y de alejamiento. ¡Qué bueno sería asumir esto como lo natural y cuántas fricciones nos ahorraríamos! Bien pensado,ambas posiciones son necesarias: acercarse para nutrir lo entrañable y también alejarse, para redibujar la propia singularidad y tomar distancia de los conflictos que, vistos en perspectiva, pierden muchas veces intensidad y dramatismo. Acercarse y distanciarse…con armonía y naturalidad…como en una danza.

En la distancia crece también la capacidad de reconciliación y , con ella, la posibilidad de tender puentes de nuevo, permitiendo que la memoria rescate las experiencias valiosas y se selle la paz.

No hay lastre más pesado que el del rencor. Perdonarse o perdonar es, sin duda, la mayor experiencia de liberación. Nos humaniza y diviniza a la vez, convirtiéndonos en canales de la misericordia del Padre.

Susana Melero Leal

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