El pin del «Pelegrín»

Obra: «Pelegrín»; autor: Luis Carballo; año Xacobeo, 1993

Me vas a permitir que, en esta ocasión, abra el baúl de la nostalgia. No tanto para nadar en el mundo de los recuerdos con la finalidad de entristecernos, sino como camino para reivindicar lo popular, lo que está al alcance de todo el mundo, y lo que constituye una anécdota con la que alimentar a los más jóvenes y recordar a los adultos que no hace mucho, teníamos su edad.

He leído que existe en Andorra un museo del pin. Automáticamente, nuestro cerebro asocia la palabra museo a lo que debe ser recordado y conservado, por su valor artístico, histórico, natural… Si has vivido la adolescencia y juventud en los años noventa del siglo pasado, recordarás el ansia por llenar los lapiceros, mochilas y cazadoras con pines, cuantos más mejor, y cuanto más difíciles de conseguir también. Eran las medallas-condecoraciones de la adolescencia.

El Camino de Santiago no iba a ser una excepción y, a lo largo de los años, se han fabricado tantos modelos de pines como personas hacen el camino. Pero hay uno, que se convirtió en un pequeño tesoro (la mayor de las medallas, por seguir con la terminología condecorativa): el pin del Pelegrín, la “mascota” del Año Xacobeo 1993, creada por Luis Carballo, amada por unos y odiada por otros.

Puede parecer extraño que una celebración esencialmente de fe (dejando a un lado las motivaciones comerciales) necesite otra imagen representativa, incluso una “mascota” (como las que se diseñan para competiciones deportivas, por ejemplo). ¿Acaso no es suficiente con Jesús?

Los pines nos acercan lo material del camino: lugares, edificios, nombres, comidas,… Quizá lo que es más fácil de asimilar. Pero peregrinar puede convertirse, también, en aceptar la dificultad con madurez, mejorar la relación con las personas, profundizar en tu relación con Dios… En tu mano está no quedarse en la superficie, en las medallas, en la “mascota” del Pelegrín; en tu mano está decidir hacer el camino en profundidad hacia Jesús, para que no resulte un paseo de puntillas.

¿Nuestro caminar hacia Santiago -y en la vida- es verdadero o solamente una medalla que colgar? ¿Qué profundidad tendrá el Camino dentro de unos años si ahora vamos por él de puntillas?

Fátima Noya Varela

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